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Planilandia
Planilandia

01/SEP/2021
01/SEP/2021

 

Pedro Meseguer

Corría el año 1884. En el Reino Unido, la reina Victoria había superado el bache de su viudez y se mantendría en el trono durante diecisiete años más. Sherlock Holmes aún dormía en la mente de Conan Doyle, el joven médico escocés de origen modesto que luchaba por hacerse un hueco en la rígida sociedad británica. El eclesiástico Carrol ya había publicado dos novelas sobre Alicia y su singular mundo. Londres, la urbe más populosa del mundo, estaba dominada por los coches de caballos, el automóvil aún tardaría en llegar. En aquel ambiente, Edwin A. Abbott, otro eclesiástico, conjeturaba sus tardes de domingo a orillas del Támesis con cuestiones teológicas, literarias y también con asuntos docentes, pues era director de una escuela y había renovado las materias que enseñaban. Solo de tarde en tarde, como un divertimento, se enfrascaba en su novela Flatland (traducida al castellano como Planilandia), publicada ese año con el elocuente subtítulo de «Una novela de muchas dimensiones», bajo el pseudónimo de A Square (Un Cuadrado). En aquel momento, Einstein había cumplido cinco años.

     Planilandia considera la vida en un mundo de dos dimensiones: en una pura superficie. Narrada en primera persona por un cuadrado —un ser de clase media—, la novela tiene dos partes: (i) la explicación de cómo son las cosas en Planilandia (Este mundo, capítulos 1–12) y (ii) la descripción de otros mundos con dimensiones diferentes (Otros mundos, capítulos 13–22). En la primera parte todo es muy singular, muy novedoso. Los seres vivientes son polígonos y el número de sus lados muestran su nivel en la sociedad —más lados indican una mejor clase social, hasta llegar a la más alta, la de los sacerdotes, que tienen forma de círculos. Y entre todas esas novedades, me han llamado la atención dos asuntos: la penosa situación de las mujeres, que son segmentos rectos (no son ni polígonos), y la liberalidad con la que el autor propone eliminar a los seres que son polígonos irregulares. El texto coloca a las mujeres en la escala más baja de la pirámide social —las denomina «casta degradada»—, las considera «de escasa inteligencia» y sin derecho a ningún tipo de educación; en la vida diaria, las mujeres acceden a las casas por una pequeña puerta —los hombres lo hacen por otra mucho mayor—, y están obligadas a emitir su «grito de paz» cuando entran en un lugar público bajo pena de muerte. Sobre los polígonos irregulares, el autor expone una equivalencia entre forma geométrica y perversidad moral. Sigue adelante con su prejuicio y afirma que «la tolerancia de la irregularidad es incompatible con la seguridad del estado». Las normas vigentes en Planilandia son duras para esos seres: los polígonos irregulares son despojados de sus derechos, se les prohíbe casarse y el autor propone que sean eliminados «indoloramente», una vez que los médicos hayan certificado que no son recuperables. En ambos casos, estas reglas son tan excesivas, son tan humillantes y gratuitas, que solo puedo imaginar una intención satírica por parte del autor —todas las reseñas que he consultado de esta obra la sugieren— y que detallo más abajo.

     En la segunda parte, el protagonista accede a otros mundos de distintas dimensiones. En dos sueños, accede a Linealandia, un mundo de una sola dimensión, y a Puntilandia, un lugar sin dimensiones. Y después recibe la visita de una esfera, y conoce Espaciolandia, un mundo como el nuestro en tres dimensiones. Cuando el cuadrado, profundamente impactado por esa experiencia, proclama la superación de Planilandia por un mundo de tres dimensiones, las autoridades de esa sociedad lo toman por loco y lo encarcelan. Y así sabemos que el cuadrado lleva siete años preso, privado de derechos, sin poder hacer oír su voz por algo tan obvio, que todas las personas lectoras se identifican con él y lamentan la injusticia que padece. En el libro muestra una evolución notable, de aguerrido portavoz de las normas de Planilandia a preso de conciencia por defender un mundo en tres dimensiones.

     Edwin A. Abbott, el autor, educado en Cambridge, se interesó por la teología, la literatura y la educación. Escribió varios libros “serios” con su nombre, mientras que esta novela “divertimento” la firmó con un seudónimo. Solo después que la novela tuvo éxito y fue reimpresa, se atrevió a firmarla con su auténtico nombre. Es curioso que él haya pasado a la historia por esta novela, mientras que sus otras obras hayan quedado en el olvido.

 

     El libro está escrito en un tono mesurado, nada festivo. Sin embargo, los hechos que plantea son tan exagerados, las reglas contra las mujeres y los irregulares son tan extremas y arbitrarias, que el lector rápidamente considera el recurso a la sátira. En este sentido, Abbott continúa la gran tradición satírica inglesa del siglo XVIII —basta con recordar a dos escritores bien conocidos de ese periodo: Jonathan Swift, con Los viajes de Gulliver, y Lawrence Sterne, con Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Bajo esa óptica, el contenido de la novela cobra un nuevo significado: los usos contra las mujeres son —salvo la pena de muerte— cercanas a los criterios imperantes en la sociedad inglesa de la época. No es nuevo que un autor, crítico con la sociedad de su tiempo, recurra a una sociedad imaginaria en la que muestre con acidez lo que no puede criticar en la suya, sin caer en dificultades o ser directamente barrido por la censura. Algunos escritores de ciencia-ficción del siglo XX —me viene a la cabeza Stanislav Lem— han empleado los mundos imaginados para poner de manifiesto las contradicciones e injusticias sociales presentes en su sociedad, en donde les era demasiado arriesgado —o simplemente imposible— denunciar (Lem vivió en la Polonia comunista desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 2006).

     Algunos críticos han mencionado la intención “matemática” de Abbott. Tras leer la obra, no la creo que la tuviera. El autor era teólogo y literato, pero no estaba interesado por la física ni por paradojas matemáticas. En mi opinión, Abbott crea un mundo nuevo, en donde puede colocar situaciones y actitudes de su propia sociedad que no le gustan. Pero son tan esperpénticas que no es el autor sino el propio lector el que realiza la crítica de forma automática. Abbott se asegura tener al lector de su lado porque, ¡nos es tan natural, nos es tan obvio manejarnos en tres dimensiones!, ¡es tan absurdo que alguien esté en la cárcel por pregonarlo! Las autoridades y sus insensatas razones quedan en ridículo a los ojos de cualquier persona. En este sentido, la obra me parece más un experimento educativo —no hay que olvidar que Abbott era director de escuela— mediante la literatura (que proporciona una vía poderosísima para difundir ideas a gran escala), que una narración con intención científica o matemática por parte del autor.

     Una última palabra sobre el estilo. La obra es de finales del siglo XIX y está redactada en el idioma de la época, pero eso no es sinónimo de una narración hueca, rimbombante o engolada; el autor escribe bien y el lector nunca se siente distante de lo que afirma el cuadrado protagonista. No en vano, una de sus obras “serias” se titulaba «Cómo escribir claramente». Abbott dominaba el arte de la narración.

Pedro Meseguer

Corría el año 1884. En el Reino Unido, la reina Victoria había superado el bache de su viudez y se mantendría en el trono durante diecisiete años más. Sherlock Holmes aún dormía en la mente de Conan Doyle, el joven médico escocés de origen modesto que luchaba por hacerse un hueco en la rígida sociedad británica. El eclesiástico Carrol ya había publicado dos novelas sobre Alicia y su singular mundo. Londres, la urbe más populosa del mundo, estaba dominada por los coches de caballos, el automóvil aún tardaría en llegar. En aquel ambiente, Edwin A. Abbott, otro eclesiástico, conjeturaba sus tardes de domingo a orillas del Támesis con cuestiones teológicas, literarias y también con asuntos docentes, pues era director de una escuela y había renovado las materias que enseñaban. Solo de tarde en tarde, como un divertimento, se enfrascaba en su novela Flatland (traducida al castellano como Planilandia), publicada ese año con el elocuente subtítulo de «Una novela de muchas dimensiones», bajo el pseudónimo de A Square (Un Cuadrado). En aquel momento, Einstein había cumplido cinco años.

     Planilandia considera la vida en un mundo de dos dimensiones: en una pura superficie. Narrada en primera persona por un cuadrado —un ser de clase media—, la novela tiene dos partes: (i) la explicación de cómo son las cosas en Planilandia (Este mundo, capítulos 1–12) y (ii) la descripción de otros mundos con dimensiones diferentes (Otros mundos, capítulos 13–22). En la primera parte todo es muy singular, muy novedoso. Los seres vivientes son polígonos y el número de sus lados muestran su nivel en la sociedad —más lados indican una mejor clase social, hasta llegar a la más alta, la de los sacerdotes, que tienen forma de círculos. Y entre todas esas novedades, me han llamado la atención dos asuntos: la penosa situación de las mujeres, que son segmentos rectos (no son ni polígonos), y la liberalidad con la que el autor propone eliminar a los seres que son polígonos irregulares. El texto coloca a las mujeres en la escala más baja de la pirámide social —las denomina «casta degradada»—, las considera «de escasa inteligencia» y sin derecho a ningún tipo de educación; en la vida diaria, las mujeres acceden a las casas por una pequeña puerta —los hombres lo hacen por otra mucho mayor—, y están obligadas a emitir su «grito de paz» cuando entran en un lugar público bajo pena de muerte. Sobre los polígonos irregulares, el autor expone una equivalencia entre forma geométrica y perversidad moral. Sigue adelante con su prejuicio y afirma que «la tolerancia de la irregularidad es incompatible con la seguridad del estado». Las normas vigentes en Planilandia son duras para esos seres: los polígonos irregulares son despojados de sus derechos, se les prohíbe casarse y el autor propone que sean eliminados «indoloramente», una vez que los médicos hayan certificado que no son recuperables. En ambos casos, estas reglas son tan excesivas, son tan humillantes y gratuitas, que solo puedo imaginar una intención satírica por parte del autor —todas las reseñas que he consultado de esta obra la sugieren— y que detallo más abajo.

     En la segunda parte, el protagonista accede a otros mundos de distintas dimensiones. En dos sueños, accede a Linealandia, un mundo de una sola dimensión, y a Puntilandia, un lugar sin dimensiones. Y después recibe la visita de una esfera, y conoce Espaciolandia, un mundo como el nuestro en tres dimensiones. Cuando el cuadrado, profundamente impactado por esa experiencia, proclama la superación de Planilandia por un mundo de tres dimensiones, las autoridades de esa sociedad lo toman por loco y lo encarcelan. Y así sabemos que el cuadrado lleva siete años preso, privado de derechos, sin poder hacer oír su voz por algo tan obvio, que todas las personas lectoras se identifican con él y lamentan la injusticia que padece. En el libro muestra una evolución notable, de aguerrido portavoz de las normas de Planilandia a preso de conciencia por defender un mundo en tres dimensiones.

     Edwin A. Abbott, el autor, educado en Cambridge, se interesó por la teología, la literatura y la educación. Escribió varios libros “serios” con su nombre, mientras que esta novela “divertimento” la firmó con un seudónimo. Solo después que la novela tuvo éxito y fue reimpresa, se atrevió a firmarla con su auténtico nombre. Es curioso que él haya pasado a la historia por esta novela, mientras que sus otras obras hayan quedado en el olvido.

 

     El libro está escrito en un tono mesurado, nada festivo. Sin embargo, los hechos que plantea son tan exagerados, las reglas contra las mujeres y los irregulares son tan extremas y arbitrarias, que el lector rápidamente considera el recurso a la sátira. En este sentido, Abbott continúa la gran tradición satírica inglesa del siglo XVIII —basta con recordar a dos escritores bien conocidos de ese periodo: Jonathan Swift, con Los viajes de Gulliver, y Lawrence Sterne, con Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy. Bajo esa óptica, el contenido de la novela cobra un nuevo significado: los usos contra las mujeres son —salvo la pena de muerte— cercanas a los criterios imperantes en la sociedad inglesa de la época. No es nuevo que un autor, crítico con la sociedad de su tiempo, recurra a una sociedad imaginaria en la que muestre con acidez lo que no puede criticar en la suya, sin caer en dificultades o ser directamente barrido por la censura. Algunos escritores de ciencia-ficción del siglo XX —me viene a la cabeza Stanislav Lem— han empleado los mundos imaginados para poner de manifiesto las contradicciones e injusticias sociales presentes en su sociedad, en donde les era demasiado arriesgado —o simplemente imposible— denunciar (Lem vivió en la Polonia comunista desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 2006).

     Algunos críticos han mencionado la intención “matemática” de Abbott. Tras leer la obra, no la creo que la tuviera. El autor era teólogo y literato, pero no estaba interesado por la física ni por paradojas matemáticas. En mi opinión, Abbott crea un mundo nuevo, en donde puede colocar situaciones y actitudes de su propia sociedad que no le gustan. Pero son tan esperpénticas que no es el autor sino el propio lector el que realiza la crítica de forma automática. Abbott se asegura tener al lector de su lado porque, ¡nos es tan natural, nos es tan obvio manejarnos en tres dimensiones!, ¡es tan absurdo que alguien esté en la cárcel por pregonarlo! Las autoridades y sus insensatas razones quedan en ridículo a los ojos de cualquier persona. En este sentido, la obra me parece más un experimento educativo —no hay que olvidar que Abbott era director de escuela— mediante la literatura (que proporciona una vía poderosísima para difundir ideas a gran escala), que una narración con intención científica o matemática por parte del autor.

     Una última palabra sobre el estilo. La obra es de finales del siglo XIX y está redactada en el idioma de la época, pero eso no es sinónimo de una narración hueca, rimbombante o engolada; el autor escribe bien y el lector nunca se siente distante de lo que afirma el cuadrado protagonista. No en vano, una de sus obras “serias” se titulaba «Cómo escribir claramente». Abbott dominaba el arte de la narración.

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