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Algunos elementos eran muy amargos
Algunos elementos eran muy amargos

01/MAR/2022
01/MAR/2022

 

El viaje pertenece a la clase más tradicional de recursos literarios. Desde la fundacional Odisea de Homero hasta los trayectos intergalácticos de la ciencia-ficción más extrema, pasando por clásicos como El Quijote o Moby Dick, el viaje ha gozado de una extensa presencia en la palabra escrita. Las obras narrativas suelen utilizar, en su gran mayoría, viajes espaciales. Es decir, realizados en el espacio físico: lo más habitual es que se realicen en el espacio común del planeta Tierra aunque, en muchas obras de ciencia-ficción, transcurren entre planetas o galaxias. En ese último ámbito también han aparecido los viajes en el tiempo. Aunque, con el desarrollo científico y tecnológico actual, hemos de confesar nuestra incapacidad para llevarlos a cabo en la práctica.

La narración puede recorrer otros espacios más simbólicos. Un paradigma es el viaje interior, que se enfoca en la evolución del mundo íntimo y secreto de un personaje para resolver sus conflictos. Otro tipo de trayecto es el viaje al infierno, que denota tanto el viaje físico de un personaje por el inframundo (por ejemplo, la visita de Dante al averno en La Divina Comedia), como su hundimiento y caída moral. La vida también es un viaje; muchos autores han decidido narrar, cuando ya han completado una buena serie de etapas, su trayectoria vital. Primo Levi siguió esta idea cuando redactó, en 1975, sus memorias con el título de El sistema periódico. En ellas incluye con total naturalidad la terrible experiencia que vivió y marcó toda su obra: el descenso a los infiernos en los diez meses que pasó en el campo de exterminio de Auschwitz.

            Antes de entrar en ese libro, unas líneas sobre el autor. Primo Levi nació en Turín en 1919 en una familia judía; estudió química y se graduó brillantemente en 1941. Se unió a la resistencia italiana en 1943, pero fue capturado y deportado. Llegó a Auschwitz en marzo de 1944, y permaneció en ese campo hasta su liberación por el ejército ruso. Volvió a Italia y escribió Si esto es un hombre, publicado en 1947 por una editorial menor[1], un impresionante testimonio de sus vivencias en Auschwitz. Escritor, trabajó de químico y murió en 1987 (los indicios sugieren un suicidio).

El sistema periódico configura unas singulares memorias. Se compone de veintiún capítulos ordenados cronológicamente; en cada uno de ellos, el autor asocia un elemento químico con un evento de su vida; los capítulos correspondientes a plomo, mercurio, azufre y titanio son narraciones de ficción en torno a cada uno de esos elementos. Naturalmente, su formación y trabajo de químico tiene mucho que ver con el material que presenta en el libro, aderezado con sus experiencias de familia judía en el Piamonte italiano, de persecución bajo la dictadura fascista y de superviviente de Auschwitz, la terrible experiencia que marcó toda su vida posterior.

            El primer capítulo, con el nombre del gas noble Argón, está dedicado a sus antepasados. Los compara con esos gases inertes que no reaccionan químicamente con casi ningún elemento: «…Nobles, inertes y raros, su historia es bastante pobre en comparación con la de otras ilustres comunidades judías de Italia y Europa…». En el segundo capítulo, titulado Hidrógeno, narra su primera experiencia con la electrólisis. Los siguientes capítulos mantienen esa vinculación entre el elemento al que están dedicados y episodios de la vida del autor. Así, describe anécdotas de su primera juventud, a sus profesores de la universidad, alguna aventura con tintes amorosos. Hasta que la brutal realidad de aquel tiempo se impone: «En enero de 1941 […] Solamente algún iluso podía pensar todavía que Alemania no iba a ganar la guerra…». En el capítulo del Potasio también aparecen las digresiones científicas de un estudiante de 4º curso de química, que se empeña en destilar benceno en presencia de potasio y provoca una explosión. Tras varios incidentes, en el capítulo titulado Oro —por las arenas ocasionalmente áureas de un río cercano— narra su detención como partisano: «Pero alguien nos traicionó, y en la madrugada del 13 de diciembre de 1943 nos despertamos rodeados por la república». Eligió ser judío —declararse partisano implicaba el fusilamiento— y fue deportado a Auschwitz. En el capítulo dedicado al Cerio, narra sus hurtos para sobrevivir en ese campo. Tras la liberación, vuelve a Italia e intenta subsistir como químico en un laboratorio precario que monta con un colega (la historia del estiércol de gallina es hilarante). Pero las memorias también tienen momentos muy dramáticos. Y uno de ellos sucede en la posguerra cuando, en el transcurso de una operación comercial de barnices con una empresa química alemana, el autor se encuentra con alguien apellidado Müller, un nombre que recuerda de su etapa del campo de exterminio —entonces, como químico, Levi era un trabajador forzoso de una fábrica en el campo de Monowitz, en el complejo de Auschwitz—. El autor se pregunta: «…Si este Müller era mi Müller…». Una historia sobre un átomo de carbono cierra el libro, concebido como: «…microhistoria, historia de un oficio y de sus fracasos, triunfos y miserias…». En estas memorias, su paso por el campo de exterminio está limitado a un capítulo —el dedicado al Cerio—, y a aparece como un extenso flashback en otro —titulado Vanadio—. Pero basta ver el resto de obras de Primo Levi para sostener la impresión de que la trágica experiencia de Auschwitz tuvo un impacto intenso en el autor, más profundo del que se desprende de este libro, en donde esa etapa no se menciona en diecinueve capítulos.

Tras la posguerra europea, a pesar de llevar una existencia serena (formó una familia con dos hijos, consiguió un buen trabajo), hay indicios de que Primo Levi fue siempre una persona herida por las brutales vivencias del campo de exterminio. Murió —parece que se suicidó— el sábado 11 de abril de 1987, el aniversario de la liberación del campo de Buchenwald por el ejercito estadounidense. Cuando ese día Jorge Semprún, que había estado recluido en ese campo, supo la noticia del suicidio de Levi, reconoció la fecha. En su libro La escritura o la vida describe la velada de esa noche: «Fue un espacio dividido en dos territorios […] bebí más de lo acostumbrado […] el alcohol no cura los dolores de la muerte». Elie Wiesel, otro escritor, superviviente de ambos campos, dijo sobre ese suicidio: «Primo Levi murió en Auschwitz cuarenta años más tarde».

 

 

[1] Este libro incomparable tuvo dificultades para llegar al público: las grandes editoriales italianas lo rechazaron y, al final, lo publicó un pequeño editor; en 1947 su presencia pasó totalmente desapercibida (de La escritura o la vida, Jorge Semprún).

El viaje pertenece a la clase más tradicional de recursos literarios. Desde la fundacional Odisea de Homero hasta los trayectos intergalácticos de la ciencia-ficción más extrema, pasando por clásicos como El Quijote o Moby Dick, el viaje ha gozado de una extensa presencia en la palabra escrita. Las obras narrativas suelen utilizar, en su gran mayoría, viajes espaciales. Es decir, realizados en el espacio físico: lo más habitual es que se realicen en el espacio común del planeta Tierra aunque, en muchas obras de ciencia-ficción, transcurren entre planetas o galaxias. En ese último ámbito también han aparecido los viajes en el tiempo. Aunque, con el desarrollo científico y tecnológico actual, hemos de confesar nuestra incapacidad para llevarlos a cabo en la práctica.

La narración puede recorrer otros espacios más simbólicos. Un paradigma es el viaje interior, que se enfoca en la evolución del mundo íntimo y secreto de un personaje para resolver sus conflictos. Otro tipo de trayecto es el viaje al infierno, que denota tanto el viaje físico de un personaje por el inframundo (por ejemplo, la visita de Dante al averno en La Divina Comedia), como su hundimiento y caída moral. La vida también es un viaje; muchos autores han decidido narrar, cuando ya han completado una buena serie de etapas, su trayectoria vital. Primo Levi siguió esta idea cuando redactó, en 1975, sus memorias con el título de El sistema periódico. En ellas incluye con total naturalidad la terrible experiencia que vivió y marcó toda su obra: el descenso a los infiernos en los diez meses que pasó en el campo de exterminio de Auschwitz.

            Antes de entrar en ese libro, unas líneas sobre el autor. Primo Levi nació en Turín en 1919 en una familia judía; estudió química y se graduó brillantemente en 1941. Se unió a la resistencia italiana en 1943, pero fue capturado y deportado. Llegó a Auschwitz en marzo de 1944, y permaneció en ese campo hasta su liberación por el ejército ruso. Volvió a Italia y escribió Si esto es un hombre, publicado en 1947 por una editorial menor[1], un impresionante testimonio de sus vivencias en Auschwitz. Escritor, trabajó de químico y murió en 1987 (los indicios sugieren un suicidio).

El sistema periódico configura unas singulares memorias. Se compone de veintiún capítulos ordenados cronológicamente; en cada uno de ellos, el autor asocia un elemento químico con un evento de su vida; los capítulos correspondientes a plomo, mercurio, azufre y titanio son narraciones de ficción en torno a cada uno de esos elementos. Naturalmente, su formación y trabajo de químico tiene mucho que ver con el material que presenta en el libro, aderezado con sus experiencias de familia judía en el Piamonte italiano, de persecución bajo la dictadura fascista y de superviviente de Auschwitz, la terrible experiencia que marcó toda su vida posterior.

            El primer capítulo, con el nombre del gas noble Argón, está dedicado a sus antepasados. Los compara con esos gases inertes que no reaccionan químicamente con casi ningún elemento: «…Nobles, inertes y raros, su historia es bastante pobre en comparación con la de otras ilustres comunidades judías de Italia y Europa…». En el segundo capítulo, titulado Hidrógeno, narra su primera experiencia con la electrólisis. Los siguientes capítulos mantienen esa vinculación entre el elemento al que están dedicados y episodios de la vida del autor. Así, describe anécdotas de su primera juventud, a sus profesores de la universidad, alguna aventura con tintes amorosos. Hasta que la brutal realidad de aquel tiempo se impone: «En enero de 1941 […] Solamente algún iluso podía pensar todavía que Alemania no iba a ganar la guerra…». En el capítulo del Potasio también aparecen las digresiones científicas de un estudiante de 4º curso de química, que se empeña en destilar benceno en presencia de potasio y provoca una explosión. Tras varios incidentes, en el capítulo titulado Oro —por las arenas ocasionalmente áureas de un río cercano— narra su detención como partisano: «Pero alguien nos traicionó, y en la madrugada del 13 de diciembre de 1943 nos despertamos rodeados por la república». Eligió ser judío —declararse partisano implicaba el fusilamiento— y fue deportado a Auschwitz. En el capítulo dedicado al Cerio, narra sus hurtos para sobrevivir en ese campo. Tras la liberación, vuelve a Italia e intenta subsistir como químico en un laboratorio precario que monta con un colega (la historia del estiércol de gallina es hilarante). Pero las memorias también tienen momentos muy dramáticos. Y uno de ellos sucede en la posguerra cuando, en el transcurso de una operación comercial de barnices con una empresa química alemana, el autor se encuentra con alguien apellidado Müller, un nombre que recuerda de su etapa del campo de exterminio —entonces, como químico, Levi era un trabajador forzoso de una fábrica en el campo de Monowitz, en el complejo de Auschwitz—. El autor se pregunta: «…Si este Müller era mi Müller…». Una historia sobre un átomo de carbono cierra el libro, concebido como: «…microhistoria, historia de un oficio y de sus fracasos, triunfos y miserias…». En estas memorias, su paso por el campo de exterminio está limitado a un capítulo —el dedicado al Cerio—, y a aparece como un extenso flashback en otro —titulado Vanadio—. Pero basta ver el resto de obras de Primo Levi para sostener la impresión de que la trágica experiencia de Auschwitz tuvo un impacto intenso en el autor, más profundo del que se desprende de este libro, en donde esa etapa no se menciona en diecinueve capítulos.

Tras la posguerra europea, a pesar de llevar una existencia serena (formó una familia con dos hijos, consiguió un buen trabajo), hay indicios de que Primo Levi fue siempre una persona herida por las brutales vivencias del campo de exterminio. Murió —parece que se suicidó— el sábado 11 de abril de 1987, el aniversario de la liberación del campo de Buchenwald por el ejercito estadounidense. Cuando ese día Jorge Semprún, que había estado recluido en ese campo, supo la noticia del suicidio de Levi, reconoció la fecha. En su libro La escritura o la vida describe la velada de esa noche: «Fue un espacio dividido en dos territorios […] bebí más de lo acostumbrado […] el alcohol no cura los dolores de la muerte». Elie Wiesel, otro escritor, superviviente de ambos campos, dijo sobre ese suicidio: «Primo Levi murió en Auschwitz cuarenta años más tarde».

 

 

[1] Este libro incomparable tuvo dificultades para llegar al público: las grandes editoriales italianas lo rechazaron y, al final, lo publicó un pequeño editor; en 1947 su presencia pasó totalmente desapercibida (de La escritura o la vida, Jorge Semprún).

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