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Très, très loin
Très, très loin

01/JUN/2022
01/JUN/2022

 

Pedro Meseguer

La seda siempre ha sido un tejido muy preciado. Originalmente reservada para los emperadores chinos, las casas reales y la aristocracia también se vistieron con ella y, con el tiempo, se popularizó por todo el planeta como un símbolo de lujo y distinción. En la Europa del siglo XIX, su producción se concentró en los países ribereños del Mediterráneo. Esa industria alcanzó una importancia económica notable en el sur de Francia. Pero en la década de 1860, aparecieron plagas que inutilizaban los huevos de los gusanos de seda. El gobierno francés desplazó a Nimes a un joven científico: se trataba de un —todavía no famoso— Louis Pasteur, que descubrió las enfermedades que atacaban a los huevos. Pero fue su primera vacuna contra la rabia la que le otorgó notoriedad. El caso de Joseph Meister[1], el niño de nueve años al que salvó con su primera vacuna antirrábica en 1885, tuvo una enorme repercusión y envolvió de gran renombre a su autor. Y en 1888 se abrió el Instituto Pasteur en París, erigido por suscripción popular y con donaciones internacionales. Su fundador, que no era médico ni biólogo, se instaló allí con sus asistentes. Posteriormente, aparecerían nuevas sedes por todo en mundo[2] (en muchos casos siguiendo la colonización francesa).

            La mayoría de sus colaboradores directos eran médicos dedicados en cuerpo y alma a la ciencia. Minuciosos y pacientes, se quedaban anclados en donde mejor pudieran desarrollar su investigación, atados a la encimera del laboratorio. Sin embargo, hubo una excepción. Tras un enorme trabajo de documentación, Patrick Deville ha confeccionado una novela —titulada Peste & Cólera, y premiada en varios certámenes— basada en la vida de esa excepción: una vida realmente excepcional.

            Se trata de la trayectoria vital de Alexandre Yersin. En ese médico de origen suizo nacionalizado francés, que se había graduado en París y había colaborado desde sus tiempos de estudiante con el grupo de Pasteur, se combinaban dos pasiones: la microbiología y la exploración. Tras investigar dos años en el Instituto Pasteur —donde descubrió junto con el dr. Roux la toxina diftérica—, se embarcó como médico de a bordo hacia Vietnam (en aquel tiempo Indochina). Perseguía el sueño de ser un nuevo Livingstone. Allí cubrió varias rutas marítimas hasta que, dos años más tarde, pidió una excedencia y se dedicó a la exploración geográfica. Vietnam era «un país conquistado, pero desconocido» escribe el autor como introducción a las expediciones de Yersin, con las que abrió nuevas rutas y contactó con diversas tribus: los mois, los sedangs…  Ejerció la medicina con la población local sin cobrar nunca. Tras dos años más, un día llegó un telegrama del Instituto Pasteur de París: una epidemia de peste en China había alcanzado Hong-Kong. Los pasteurianos, sus antiguos colegas, siempre le habían considerado como una reserva de la ciencia; le pidieron que fuera allí y se hiciera cargo de la situación. Y en Hong-Kong descubrió al rechoncho bacilo de la peste[3] que tomó su nombre: Yersinia pestis. De vuelta a París, desarrolló la vacuna contra la enfermedad. Después Cantón, Macao, Bombay. Y volvió a Vietnam, a su retiro de Nha Trang. Ya no se dedicaría más a la investigación microbiológica. En cambio, se volcó en otros ámbitos con una actividad febril: viajó a África (Madagascar, Zanzíbar, Adén), dirigió la facultad de medicina de Hanoi, practicó la avicultura (crio pollos y gallinas), cultivó la floricultura y la agricultura (con plantaciones de coca, de quinina, de lino, de caucho). Siempre activo, llevó sus automóviles comprados en Francia —que reparaba él mismo— a su refugio de Nha Trang. También se interesó por la meteorología. Y, en 1934, fue nombrado director honorario del Instituto Pasteur, lo que implicaba un viaje al año a París para presidir el cónclave anual. Precisamente, el libro comienza con la vuelta de esa reunión, en mayo de 1940, a bordo del último avión que partió de Le Bourget antes de que los nazis tomaran el control del aeropuerto.

            Pero la obra es algo más que la biografía novelada de un hombre de gran talento, hiperactivo, apasionado y con tantos intereses que resulta disperso. El autor se sirve de esa vida singular para retratar una época: la imparable revolución científica y técnica del siglo XIX —desde las vacunas a los automóviles—, la rivalidad franco-alemana —y también con otras potencias como el Reino Unido o Japón, cuando las tensiones entre estados se traducían en ásperas rivalidades científicas—, la naturaleza del imperialismo colonial francés, las añagazas de la política —un amigo del protagonista llegó a ser Presidente de la República para morir en un atentado un año después—, las consecuencias de las dos guerras mundiales para un territorio alejado del teatro europeo, el apogeo y declive de Francia como estado poderoso en el concierto mundial. En medio de estos asuntos, el autor desliza hipotéticos paralelismos entre la vida del protagonista y dos escritores heterodoxos: el simbolista Rimbaud y el maldito Céline. También asistimos al establecimiento del hoy sacrosanto Premio Nobel, que Pasteur no obtuvo y muchos de sus seguidores sí, porque cuando aquel falleció ese galardón aún no estaba instituido[4].

            Alexandre Yersin murió a finales de febrero de 1943 en su casa de Nha Trang. Había retomado el estudio de lenguas clásicas, griego y latín[5].

 

 

[1] En la edad adulta, Joseph Meister se convirtió en el portero del Instituto Pasteur en París. En la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército alemán allanó el edificio —que alberga la tumba de su fundador— él intentó impedirlo pero poco pudo hacer. Acto seguido se suicidó.

[2] Hoy existen 33 centros del Instituto Pasteur repartidos en 25 países.

[3] Albert Camus, otro gran escritor francés, usaría esa enfermedad como título y argumento de una de sus novelas más conocidas, La Peste, publicada cuatro años después de la muerte de Yersin. En esa obra, una epidemia de peste simboliza la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial.

[4] Pasteur murió en 1895. Alfred Nobel falleció al año siguiente, y el premio que lleva su nombre, basado en su herencia, se entregó en 1901 por primera vez.

[5] Algo similar sucedió con el gran escritor Jorge Luis Borges, que se inició en el estudio del árabe justo antes de morir en Ginebra; corría el año 1986.

Pedro Meseguer

La seda siempre ha sido un tejido muy preciado. Originalmente reservada para los emperadores chinos, las casas reales y la aristocracia también se vistieron con ella y, con el tiempo, se popularizó por todo el planeta como un símbolo de lujo y distinción. En la Europa del siglo XIX, su producción se concentró en los países ribereños del Mediterráneo. Esa industria alcanzó una importancia económica notable en el sur de Francia. Pero en la década de 1860, aparecieron plagas que inutilizaban los huevos de los gusanos de seda. El gobierno francés desplazó a Nimes a un joven científico: se trataba de un —todavía no famoso— Louis Pasteur, que descubrió las enfermedades que atacaban a los huevos. Pero fue su primera vacuna contra la rabia la que le otorgó notoriedad. El caso de Joseph Meister[1], el niño de nueve años al que salvó con su primera vacuna antirrábica en 1885, tuvo una enorme repercusión y envolvió de gran renombre a su autor. Y en 1888 se abrió el Instituto Pasteur en París, erigido por suscripción popular y con donaciones internacionales. Su fundador, que no era médico ni biólogo, se instaló allí con sus asistentes. Posteriormente, aparecerían nuevas sedes por todo en mundo[2] (en muchos casos siguiendo la colonización francesa).

            La mayoría de sus colaboradores directos eran médicos dedicados en cuerpo y alma a la ciencia. Minuciosos y pacientes, se quedaban anclados en donde mejor pudieran desarrollar su investigación, atados a la encimera del laboratorio. Sin embargo, hubo una excepción. Tras un enorme trabajo de documentación, Patrick Deville ha confeccionado una novela —titulada Peste & Cólera, y premiada en varios certámenes— basada en la vida de esa excepción: una vida realmente excepcional.

            Se trata de la trayectoria vital de Alexandre Yersin. En ese médico de origen suizo nacionalizado francés, que se había graduado en París y había colaborado desde sus tiempos de estudiante con el grupo de Pasteur, se combinaban dos pasiones: la microbiología y la exploración. Tras investigar dos años en el Instituto Pasteur —donde descubrió junto con el dr. Roux la toxina diftérica—, se embarcó como médico de a bordo hacia Vietnam (en aquel tiempo Indochina). Perseguía el sueño de ser un nuevo Livingstone. Allí cubrió varias rutas marítimas hasta que, dos años más tarde, pidió una excedencia y se dedicó a la exploración geográfica. Vietnam era «un país conquistado, pero desconocido» escribe el autor como introducción a las expediciones de Yersin, con las que abrió nuevas rutas y contactó con diversas tribus: los mois, los sedangs…  Ejerció la medicina con la población local sin cobrar nunca. Tras dos años más, un día llegó un telegrama del Instituto Pasteur de París: una epidemia de peste en China había alcanzado Hong-Kong. Los pasteurianos, sus antiguos colegas, siempre le habían considerado como una reserva de la ciencia; le pidieron que fuera allí y se hiciera cargo de la situación. Y en Hong-Kong descubrió al rechoncho bacilo de la peste[3] que tomó su nombre: Yersinia pestis. De vuelta a París, desarrolló la vacuna contra la enfermedad. Después Cantón, Macao, Bombay. Y volvió a Vietnam, a su retiro de Nha Trang. Ya no se dedicaría más a la investigación microbiológica. En cambio, se volcó en otros ámbitos con una actividad febril: viajó a África (Madagascar, Zanzíbar, Adén), dirigió la facultad de medicina de Hanoi, practicó la avicultura (crio pollos y gallinas), cultivó la floricultura y la agricultura (con plantaciones de coca, de quinina, de lino, de caucho). Siempre activo, llevó sus automóviles comprados en Francia —que reparaba él mismo— a su refugio de Nha Trang. También se interesó por la meteorología. Y, en 1934, fue nombrado director honorario del Instituto Pasteur, lo que implicaba un viaje al año a París para presidir el cónclave anual. Precisamente, el libro comienza con la vuelta de esa reunión, en mayo de 1940, a bordo del último avión que partió de Le Bourget antes de que los nazis tomaran el control del aeropuerto.

            Pero la obra es algo más que la biografía novelada de un hombre de gran talento, hiperactivo, apasionado y con tantos intereses que resulta disperso. El autor se sirve de esa vida singular para retratar una época: la imparable revolución científica y técnica del siglo XIX —desde las vacunas a los automóviles—, la rivalidad franco-alemana —y también con otras potencias como el Reino Unido o Japón, cuando las tensiones entre estados se traducían en ásperas rivalidades científicas—, la naturaleza del imperialismo colonial francés, las añagazas de la política —un amigo del protagonista llegó a ser Presidente de la República para morir en un atentado un año después—, las consecuencias de las dos guerras mundiales para un territorio alejado del teatro europeo, el apogeo y declive de Francia como estado poderoso en el concierto mundial. En medio de estos asuntos, el autor desliza hipotéticos paralelismos entre la vida del protagonista y dos escritores heterodoxos: el simbolista Rimbaud y el maldito Céline. También asistimos al establecimiento del hoy sacrosanto Premio Nobel, que Pasteur no obtuvo y muchos de sus seguidores sí, porque cuando aquel falleció ese galardón aún no estaba instituido[4].

            Alexandre Yersin murió a finales de febrero de 1943 en su casa de Nha Trang. Había retomado el estudio de lenguas clásicas, griego y latín[5].

 

 

[1] En la edad adulta, Joseph Meister se convirtió en el portero del Instituto Pasteur en París. En la Segunda Guerra Mundial, cuando el ejército alemán allanó el edificio —que alberga la tumba de su fundador— él intentó impedirlo pero poco pudo hacer. Acto seguido se suicidó.

[2] Hoy existen 33 centros del Instituto Pasteur repartidos en 25 países.

[3] Albert Camus, otro gran escritor francés, usaría esa enfermedad como título y argumento de una de sus novelas más conocidas, La Peste, publicada cuatro años después de la muerte de Yersin. En esa obra, una epidemia de peste simboliza la invasión alemana en la Segunda Guerra Mundial.

[4] Pasteur murió en 1895. Alfred Nobel falleció al año siguiente, y el premio que lleva su nombre, basado en su herencia, se entregó en 1901 por primera vez.

[5] Algo similar sucedió con el gran escritor Jorge Luis Borges, que se inició en el estudio del árabe justo antes de morir en Ginebra; corría el año 1986.

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