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En busca de Klingsor
En busca de Klingsor

01/JUL/2022
01/JUL/2022

 

Pedro Meseguer

El 8 de mayo es fiesta en Francia; a veces, amanece un espléndido día de primavera ideal para pasear por las ventosas playas atlánticas o por las forestas del interior. Se conmemora el Día de la Victoria de 1945, el final de la Segunda Guerra Mundial en territorio europeo (la guerra aún alentaría en el Pacífico unos meses más y lanzaría dos terribles zarpazos con las bombas atómicas estadounidenses).

Tras la capitulación de Alemania, los aliados se esforzaron en su desnazificación, lo que condujo al proceso de Núremberg en 1946 en donde los científicos no fueron una excepción. Y ahí se enmarca la novela En busca de Klingsor escrita por Jorge Volpi. Un acusado en ese juicio, en las declaraciones previas que registra la obra, mencionó a Klingsor como el nombre en clave del asesor científico de Hitler. Aunque el interrogado se desdijo después, fue suficiente para que la inteligencia militar estadounidense se lanzara como un sabueso a la búsqueda de ese enigmático personaje, propósito que forma el núcleo de la obra. Con un monumental proceso de documentación tanto histórico como científico, esta ficción camina entre teorías y sospechas, experimentos y conspiraciones, ideas y espías, en un encuadre que incluye lo científico y lo militar en el dramático marco de la gran carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial. Los protagonistas de la trama son el teniente estadounidense Francis P. Bacon, encargado de la investigación, y el matemático alemán Gustav Links que colabora con él. El texto se entreteje con las vidas personales de los protagonistas —y de otros personajes—, la abundante actividad científica del momento y el devenir de la guerra.

En su dimensión histórica, la narración reconstruye con gran fidelidad la sociedad de la época y se apoya en los eventos de su tiempo. Pero también es una obra con muchos elementos de ciencia. Está muy centrada en esa Alemania donde la mecánica cuántica dio sus primeros pasos con el famoso artículo de Max Planck sobre la radiación del cuerpo negro en 1900; donde Einstein —un alemán trabajando en una oficina de patentes en Suiza— publicó tres artículos en 1905 que cambiaron el rumbo de la física; donde, en los primeros veinticinco años del siglo XX, se habían cosechado veintiocho Premios Nobel. Algunas predicciones de la Teoría de la Relatividad se comprobaron en 1919 con un eclipse de Sol. En la siguiente década el ascenso del nazismo fue imparable, en medio de las turbulencias de la República de Weimar y con un agitado ambiente social. Cuando Hitler alcanzó la jefatura del gobierno en 1933, las bases de la mecánica cuántica ya estaban bien definidas. Para entonces, científicos de renombre —como Einstein— habían emigrado, y otros estaban próximos a hacerlo[1]. Sonaban tambores de guerra en Europa cuando el químico alemán Otto Hahn descubrió (su exasistente Lise Meitner jugó un papel importante en el proceso) la fisión nuclear. Publicó los resultados en 1939 y, desde entonces, el gobierno alemán sabía que la energía atómica podría utilizarse para fabricar bombas. En el otro lado del Atlántico, Einstein alertaba por carta a Roosevelt, añadiendo que Alemania controlaba las mayores minas de uranio del mundo, en la anexionada Checoslovaquia. En ese momento, Alemania parecía tener alguna ventaja en el terreno atómico[2].

Y llegó el monstruo de la guerra. La contienda incendió Europa; después de la demostración de la “guerra relámpago” que conquistó Francia en seis semanas, nadie dudaba de que Alemania la ganaría[3]. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos entró en el conflicto. En 1942, las derrotas germanas en el frente ruso obligaron a redistribuir los recursos y el programa atómico recibió menos atención. El físico Enrico Fermi construyó en Chicago, en diciembre de ese mismo año y bajo las gradas de un estadio abandonado, la pila atómica que automantuvo la primera reacción en cadena.

Pero volvamos a la novela. Sobre las vidas anteriores de los protagonistas, el teniente Francis P. Bacon había sido un brillante estudiante de física; ya graduado, pasó a ser asistente en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, tutorizado nada menos que por John von Neumann —en el libro hay varias conversaciones con él, en donde aparece como un hombre muy dicharachero y ocurrente, con intercambio de cartas incluido—. Bacon también conoció a otros grandes nombres de ciencia que visitaron Princeton, lo que permite al autor ficcionar escenas con esas eminencias; destaca una accidentada conferencia de Gödel, tras la que el prometedor Bacon se ve abocado a entrar en el ejército estadounidense. Por otra parte, el matemático Gustav Links se había formado en universidades alemanas en las ideas de Cantor sobre conjuntos infinitos. También había estudiado el programa de Hilbert, y estaba al tanto de los intentos de Russell y Whitehead para formular las matemáticas desde primeros principios. En ambos casos, el autor combina hábilmente las materias científicas, que pueden resultar algo áridas, con devenires inesperados —aventuras eróticas incluidas— que hacen al libro más variado para la persona que lee.

Algo se movía dentro del monolítico ejercito alemán: había ruido de sables y él era el objetivo. Planeado largamente, el atentado contra Hitler se ejecutó en la guarida del lobo —su cuartel general— el 20 de julio de 1944 (unas semanas después del desembarco de Normandia), pero los conspiradores fallaron y se desató una represión feroz. Esto es relevante para el relato porque un personaje de la novela está en la periferia del complot y sufre sus consecuencias. Por otro lado, el proyecto atómico alemán progresaba a ritmo lento. Ya en suelo europeo, los aliados desarrollaron la operación ALSOS —en la que Bacon aparece incluido—, para conocer los avances del ejercito alemán en materia atómica y, eventualmente, detener a los científicos más destacados. Cuando la caída alemana era inminente, operaciones de comandos capturaron a varios de ellos —en el libro Bacon detiene a Heisenberg, el jefe del proyecto—. Cautivos, fueron trasladados al Reino Unido, donde recibieron la noticia de las bombas atómicas estadounidenses. Por sus reacciones, grabadas mediante micrófonos escondidos en las paredes, se deduce que estaban lejos de conseguir la bomba atómica; algunos vivieron la noticia como un dramático fracaso personal.

Agotada la guerra, se activa la búsqueda de Klingsor. Se producen numerosas pesquisas: Bacon indaga, se entrevista, especula; Links le ayuda, sugiere, critica. Hasta un último giro y un inesperado final, que el autor conecta con precisión milimétrica con el principio. Todo sin participar del sentido festivo que hoy le damos al Día de la Victoria en nuestra Europa tecnificada del siglo XXI.

 

[1] Sobre estos sucesos, resulta curiosa las referencias del texto a la “física alemana”: una disciplina que abjuraba de la mecánica cuántica y de la relatividad, y las consideraba “especulaciones matemáticas sin ningún contenido real”. Al parecer, varios reputados físicos alemanes —entre ellos los Premios Nobel Lenard y Stark— abogaron por ella en la década de 1930, aunque fueron perdiendo influencia en años posteriores.

[2] Hasta octubre de 1941, en Estados Unidos no se constituyó el proyecto atómico Manhattan dirigido por el físico Oppenheimer y el general Groves.

[3] Quizá suicidios elocuentes como el de Stefan Zweig se deban a esa casi unánime creencia en los primeros años de guerra.

Pedro Meseguer

El 8 de mayo es fiesta en Francia; a veces, amanece un espléndido día de primavera ideal para pasear por las ventosas playas atlánticas o por las forestas del interior. Se conmemora el Día de la Victoria de 1945, el final de la Segunda Guerra Mundial en territorio europeo (la guerra aún alentaría en el Pacífico unos meses más y lanzaría dos terribles zarpazos con las bombas atómicas estadounidenses).

Tras la capitulación de Alemania, los aliados se esforzaron en su desnazificación, lo que condujo al proceso de Núremberg en 1946 en donde los científicos no fueron una excepción. Y ahí se enmarca la novela En busca de Klingsor escrita por Jorge Volpi. Un acusado en ese juicio, en las declaraciones previas que registra la obra, mencionó a Klingsor como el nombre en clave del asesor científico de Hitler. Aunque el interrogado se desdijo después, fue suficiente para que la inteligencia militar estadounidense se lanzara como un sabueso a la búsqueda de ese enigmático personaje, propósito que forma el núcleo de la obra. Con un monumental proceso de documentación tanto histórico como científico, esta ficción camina entre teorías y sospechas, experimentos y conspiraciones, ideas y espías, en un encuadre que incluye lo científico y lo militar en el dramático marco de la gran carnicería que fue la Segunda Guerra Mundial. Los protagonistas de la trama son el teniente estadounidense Francis P. Bacon, encargado de la investigación, y el matemático alemán Gustav Links que colabora con él. El texto se entreteje con las vidas personales de los protagonistas —y de otros personajes—, la abundante actividad científica del momento y el devenir de la guerra.

En su dimensión histórica, la narración reconstruye con gran fidelidad la sociedad de la época y se apoya en los eventos de su tiempo. Pero también es una obra con muchos elementos de ciencia. Está muy centrada en esa Alemania donde la mecánica cuántica dio sus primeros pasos con el famoso artículo de Max Planck sobre la radiación del cuerpo negro en 1900; donde Einstein —un alemán trabajando en una oficina de patentes en Suiza— publicó tres artículos en 1905 que cambiaron el rumbo de la física; donde, en los primeros veinticinco años del siglo XX, se habían cosechado veintiocho Premios Nobel. Algunas predicciones de la Teoría de la Relatividad se comprobaron en 1919 con un eclipse de Sol. En la siguiente década el ascenso del nazismo fue imparable, en medio de las turbulencias de la República de Weimar y con un agitado ambiente social. Cuando Hitler alcanzó la jefatura del gobierno en 1933, las bases de la mecánica cuántica ya estaban bien definidas. Para entonces, científicos de renombre —como Einstein— habían emigrado, y otros estaban próximos a hacerlo[1]. Sonaban tambores de guerra en Europa cuando el químico alemán Otto Hahn descubrió (su exasistente Lise Meitner jugó un papel importante en el proceso) la fisión nuclear. Publicó los resultados en 1939 y, desde entonces, el gobierno alemán sabía que la energía atómica podría utilizarse para fabricar bombas. En el otro lado del Atlántico, Einstein alertaba por carta a Roosevelt, añadiendo que Alemania controlaba las mayores minas de uranio del mundo, en la anexionada Checoslovaquia. En ese momento, Alemania parecía tener alguna ventaja en el terreno atómico[2].

Y llegó el monstruo de la guerra. La contienda incendió Europa; después de la demostración de la “guerra relámpago” que conquistó Francia en seis semanas, nadie dudaba de que Alemania la ganaría[3]. Tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Estados Unidos entró en el conflicto. En 1942, las derrotas germanas en el frente ruso obligaron a redistribuir los recursos y el programa atómico recibió menos atención. El físico Enrico Fermi construyó en Chicago, en diciembre de ese mismo año y bajo las gradas de un estadio abandonado, la pila atómica que automantuvo la primera reacción en cadena.

Pero volvamos a la novela. Sobre las vidas anteriores de los protagonistas, el teniente Francis P. Bacon había sido un brillante estudiante de física; ya graduado, pasó a ser asistente en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, tutorizado nada menos que por John von Neumann —en el libro hay varias conversaciones con él, en donde aparece como un hombre muy dicharachero y ocurrente, con intercambio de cartas incluido—. Bacon también conoció a otros grandes nombres de ciencia que visitaron Princeton, lo que permite al autor ficcionar escenas con esas eminencias; destaca una accidentada conferencia de Gödel, tras la que el prometedor Bacon se ve abocado a entrar en el ejército estadounidense. Por otra parte, el matemático Gustav Links se había formado en universidades alemanas en las ideas de Cantor sobre conjuntos infinitos. También había estudiado el programa de Hilbert, y estaba al tanto de los intentos de Russell y Whitehead para formular las matemáticas desde primeros principios. En ambos casos, el autor combina hábilmente las materias científicas, que pueden resultar algo áridas, con devenires inesperados —aventuras eróticas incluidas— que hacen al libro más variado para la persona que lee.

Algo se movía dentro del monolítico ejercito alemán: había ruido de sables y él era el objetivo. Planeado largamente, el atentado contra Hitler se ejecutó en la guarida del lobo —su cuartel general— el 20 de julio de 1944 (unas semanas después del desembarco de Normandia), pero los conspiradores fallaron y se desató una represión feroz. Esto es relevante para el relato porque un personaje de la novela está en la periferia del complot y sufre sus consecuencias. Por otro lado, el proyecto atómico alemán progresaba a ritmo lento. Ya en suelo europeo, los aliados desarrollaron la operación ALSOS —en la que Bacon aparece incluido—, para conocer los avances del ejercito alemán en materia atómica y, eventualmente, detener a los científicos más destacados. Cuando la caída alemana era inminente, operaciones de comandos capturaron a varios de ellos —en el libro Bacon detiene a Heisenberg, el jefe del proyecto—. Cautivos, fueron trasladados al Reino Unido, donde recibieron la noticia de las bombas atómicas estadounidenses. Por sus reacciones, grabadas mediante micrófonos escondidos en las paredes, se deduce que estaban lejos de conseguir la bomba atómica; algunos vivieron la noticia como un dramático fracaso personal.

Agotada la guerra, se activa la búsqueda de Klingsor. Se producen numerosas pesquisas: Bacon indaga, se entrevista, especula; Links le ayuda, sugiere, critica. Hasta un último giro y un inesperado final, que el autor conecta con precisión milimétrica con el principio. Todo sin participar del sentido festivo que hoy le damos al Día de la Victoria en nuestra Europa tecnificada del siglo XXI.

 

[1] Sobre estos sucesos, resulta curiosa las referencias del texto a la “física alemana”: una disciplina que abjuraba de la mecánica cuántica y de la relatividad, y las consideraba “especulaciones matemáticas sin ningún contenido real”. Al parecer, varios reputados físicos alemanes —entre ellos los Premios Nobel Lenard y Stark— abogaron por ella en la década de 1930, aunque fueron perdiendo influencia en años posteriores.

[2] Hasta octubre de 1941, en Estados Unidos no se constituyó el proyecto atómico Manhattan dirigido por el físico Oppenheimer y el general Groves.

[3] Quizá suicidios elocuentes como el de Stefan Zweig se deban a esa casi unánime creencia en los primeros años de guerra.

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